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Difusión de información, insumo vital como el agua potable

Por: Oscar González Ortiz


El doblete sísmico dejó profunda huella en el espíritu de muchas personas, abriendo heridas físicas que exigen atención gubernamental inmediata; después de desdibujarse el mapa de tantos hogares, pareciera que los escombros se convierten en escenario de zozobras mediáticas. 

Sumado a esta contingencia ambiental, enfrentamos una emergencia más letal, orientada a ser una agresión psicológica sistemática mediante el empleo de laboratorios de desinformación empecinados en el bombardeo masivo de noticias falsas, constituyéndose en actos de violencia mental, desestabilizadores de la psiquis.

Esta avalancha de desinformación pulveriza la cordura colectiva con la crudeza de los movimientos telúricos. Ejércitos de algoritmos articulan titulares alarmantes; en consecuencia, la realidad expresada enturbia la claridad que el momento exige. La viralidad grotesca prevalece sobre el llamado a la unión; asimismo, la emotividad se vuelve moneda de cambio para el caos. 

En muchas comunidades oran al Cielo y escarban en los escombros para buscar sobrevivientes, pero laboratorios mediáticos buscan ignorar muchos hechos para imponer narrativas de pánico o caos, mientras muchos sobrevivientes agonizan por oxígeno, hidratación y alimentos, aguardando por auxilios tangibles. 

Los shows mediáticos sensacionalistas generan ruidos más letales que las infinidades de réplicas; por consiguiente, el sentido común queda sepultado bajo rumores insidiosos que atentan contra la ética humanitaria. La política de la distracción persigue fines criminales: detener ayudas mientras la corrida del dólar devora bolsillos; las sanciones, cual grilletes económicos, mantienen represados fondos que, liberados, reconstruirían el país. ¿Quitar los bloqueos económicos, devolver todos los recursos financieros y permitir estabilizar el dólar, no será la mejor ayuda humanitaria para el país? 

¿A quién sirven estos laboratorios de destrucción informativa? En crisis, la veracidad opera como el agua y el oxígeno, sin ella, el espíritu del pueblo colapsa; las recomendaciones para tratar con los afectados exigen desechar el micrófono invasivo y activar el oído empático. Por ende, la interacción debe priorizar logísticas precisas: puntos de hidratación, rutas despejadas, frecuencias de auxilio. De esta forma, la comunicación se convierte en herramienta de salvamento, no en ariete de histeria. La ayuda verdadera no precisa filtros virales, precisa pies que caminen hacia el dolor y manos que callen el ruido para escuchar al que susurra desde los escombros.

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