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Conviviendo con la grosería |

Por: Deisy Viana


Iba conduciendo por la ciudad cuando la realidad me sacudió con la crudeza de un cornetazo desatado. El semáforo marcaba una indiscutible luz roja. Me detuve, como dicta la norma y el sentido común. Detrás de mí, un vehículo de transporte público frenó en seco, pero no para esperar su turno, sino para iniciar una sinfonía de cornetas afanadas e insultos desaforados que brotaban por la ventana, exigiéndome algo insólito: que avanzara y me "comiera la luz" .

Le señalé el semáforo con la esperanza de evocar un mínimo de conciencia, pero el sujeto insistía, furioso, mientras los vehículos de la vía transversal circulaban ordenadamente en su luz verde. Cuando finalmente el cambio de luces habilitó el paso, el conductor aceleró a fondo junto a mí solo para espetarme un grito despectivo: "¡Vieja pendeja, avíspate!", o sea, ¿ahora avisparse es comerse la luz?

Esta escena, por desgracia, no es una anécdota aislada; es el síntoma febril de una patología social colectiva. La misma dinámica se repite en el supermercado, donde alguien rompe la fila sin inmutarse y, ante el reclamo general, se libra de la culpa con una frase lapidaria: "¿Quién los manda a ser pendejos? ¿Por qué no se avisparon?".

Desde una perspectiva sociológica, estamos presenciando un fenómeno alarmante: la inversión de los valores y la normalización de la anomia. En este escenario distópico, a lo malo se le llama bueno y al delincuente cívico se le aplaude la audacia. Ciertos personajes han asumido un rol de autócratas urbanos, creyendo que su impaciencia, sus frustraciones y sus constantes cambios de humor les conceden el derecho divino de mandar, gritar y coaccionar a los demás.

Lo verdaderamente inquietante no es solo la proliferación de estos transgresores, sino la trampa psicológica en la que cae el ciudadano común normalizando estas conductas. Existen personas que, paralizadas por el miedo o el deseo absurdo de "quedar bien" , toleran el abuso y lo justifican con una sumisión peligrosa: "Es así, mejor hacerle caso para que no se enoje". Se dejan manipular, presionar y se anulan a sí mismos con tal de evitar un conflicto superficial, cayendo en el juego de alimentar al monstruo de la prepotencia.

¿Qué le está pasando a la sociedad? La respuesta exige una toma de conciencia inmediata. Establecer límites no es un capricho; es una necesidad vital para la salud mental y emocional. Priorizar tus intereses, mantenerte firme dentro de tu rango de valores y blindar tu paz no te hace débil, te hace soberano de tu propio espacio interior.

Nadie tiene por qué "comerse la luz" emocional o literal solo porque otro carezca de educación y autocontrol. Si los demás eligen la grosería, tú no tienes la obligación de descender a su nivel ni de soportar sus malos tratos, nadie puede obligarte a nada. La verdadera sabiduría radica en saber dar la respuesta justa —o simplemente el silencio— y apartarse a tiempo.

El mayor peligro de convivir con la gente grosera no es el agravio externo, sino sufrir una metamorfosis silenciosa que te arrastre a convertirte exactamente en aquello que repruebas. Defender tu dignidad sin perder la bondad es el acto de resistencia más revolucionario de nuestro tiempo.

"No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal." (Romanos 12:21) Las tinieblas no se combaten con más oscuridad, ni la grosería se extirpa replicando sus formas. Cuando un entorno hostil intenta obligarte a transigir tus principios, tu victoria más grande no es ganarle la diatriba al imprudente, sino conservar intacta tu paz, tu elegancia espiritual y tu humanidad. Proteger tu alma del contagio de la vulgaridad es la prueba definitiva de que aún es posible habitar este mundo con decencia.

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