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La gente mediocre y sus falsos aplausos |

Por: Deisy Viana

Caminar por la calle en estos tiempos es una lección acelerada de conducta humana. En el ajetreo diario nos tropezamos con todo tipo de rostros y sonrisas. Sin embargo, hay un patrón que se repite con alarmante frecuencia: la palmadita en la espalda que esconde un puñal. Es esa persona que se te acerca con un discurso afectuoso, ofreciéndote un apoyo incondicional y declarándose tu "amigo", pero que en cuanto nota el menor atisbo de tu crecimiento personal o profesional, tuerce el gesto.

La empatía que prometía se transforma en un resentimiento silencioso. Sin razón aparente, el aliado de ayer se convierte en el detractor de hoy, incomodado no por lo que le hiciste, sino por lo que lograste ser.

Esa misma ceguera del alma la vemos reflejada en la fractura social que padecemos a diario. Familias divididas, amistades de toda la vida rotas en pedazos y vecindarios distanciados, todo por la incapacidad de procesar un pensamiento distinto. Nos hemos vuelto expertos en desperdiciar la vida defendiendo posturas políticas o dogmas religiosos como si fuera trincheras infranqueables, convirtiendo la diferencia de criterio en un motivo de guerra.

Esta preocupante realidad me evoca con fuerza las páginas de mi cuento Los Mediocres. En esa obra retrato la historia de dos hombres atados por una amistad añeja, construida más sobre la costumbre que sobre el afecto sincero. Eran seres comunes, sombras que caminaban bajo la pesada armadura de los prejuicios y la comodidad de la rutina. Cada día coincidían en el mismo rincón para escenificar la misma batalla: discusiones estériles, amargadas por el sarcasmo y una terquedad visceral.

Para ellos, pensar diferente no representaba una oportunidad para la escucha ni un espacio de aprendizaje, sino una amenaza directa a su orgullo. Se aferraban a sus argumentos vacíos como náufragos al borde del colapso, no buscando la verdad, sino la amarga victoria de imponerse sobre el otro. Su día a día transcurría atrapado en ese ciclo de hostilidad, hasta que en una jornada cualquiera la intransigencia escaló hacia un punto de no retorno. La tensión acumulada hizo brotar desde lo más profundo de sus almas un deseo tan desgarrador e inesperado que cambió el curso de las cosas... Un acontecimiento definitivo que demuestra cómo la intolerancia puede desencadenar un abismo del cual no hay marcha atrás.

Los Mediocres no es solo una ficción; es un espejo punzante de lo que nos sucede día a día. Nos recuerda que la mediocridad no radica en la falta de títulos o de riquezas, sino en la aterradora costumbre de preferir la ruina de las relaciones antes que el ejercicio sano de la autocrítica y el perdón.

Cuando alimentamos el ego, el rechazo al progreso ajeno y las disputas vanas, nos envenenamos a nosotros mismos. La Palabra de Dios nos advierte con claridad sobre el peligro de caer en contiendas que solo destruyen la convivencia humana:

"Los labios del necio traen contienda; y su boca los azotes llama." — Proverbios 18:6 Quien vive para la confrontación, la envidia o el odio hacia quien piensa distinto, termina siendo víctima de sus propias palabras y necedad. La verdadera grandeza de un ser humano no consiste en ganar discusiones ni en envidiar el vuelo ajeno, sino en cultivar un corazón noble, capaz de alegrarse con el bien del prójimo y de tender puentes allí donde otros solo levantan muros.

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