La Última Lección de Héctor Figueroa "El Pollo" |
Por: Deisy Viana
Déjame contarte que existe un fenómeno sociológico fascinante en la partida de los hombres sencillos: la muerte no apaga su presencia, sino que la consolida en la memoria colectiva. La reciente partida física del cultor guariqueño Héctor Figueroa Carpio, nuestro querido y entrañable "El Pollo", ha dejado al descubierto una verdad fundamental sobre el comportamiento humano. Mientras las calles de San Juan de los Morros y del Guárico entero despiden entre canciones, abrazos y lágrimas sinceras a un hombre humilde que dedicó más de medio siglo a regalar sonrisas y cultura, no dejo de pensar en cómo el contraste con la realidad cotidiana se vuelve ineludible.
En nuestra arquitectura social conviven dos tipos de liderazgos. Por un lado, aquellos representados por personajes como "El Pollo": seres transparentes que comprendieron que el afecto no se impone con títulos, cargos ni fortunas, sino que se cultiva con la palabra afable, la empatía y la disposición sincera de servir al prójimo. Por el otro, observo a quienes padecen la enfermedad de la soberbia: individuos atrapados en la ilusión de la superioridad, que apelan a la manipulación, al maltrato sutil y al aplastamiento del otro para validar una relevancia artificial.
La sociología nos enseña que las estructuras de poder basadas en la intimidación y la arrogancia son profundamente efímeras. Quien recurre al atropello para imponerse podrá cosechar obediencia por temor, pero jamás obtendrá lealtad ni respeto genuino. El poderoso que maltrata vive rodeado de pauperrimos aplausos prestados; pero cuando la posición desaparece o la vida llega a su ocaso, el silencio que le rodea resulta insoportable. Nadie llora con el corazón a quien solo supo sembrar espinas.
En cambio, la partida de Héctor Figueroa Carpio nos demuestra que el capital social más valioso es el afecto desinteresado. "El Pollo" no necesitó de grandes plataformas para calar hondo en el alma de su gente; de sus amigos" bastó su calidez humana y su vocación de juglar popular. Su vida nos obliga a mirarnos al espejo y hacernos una pregunta ineludible: ¿Cómo queremos ser recordados cuando ya no estemos? ¿Como aquellos que dejaron cicatrices por donde pasaron, o como quienes supieron edificar puentes de bondad y fraternidad?
Esta realidad encuentra su eco más profundo en la sabiduría bíblica: "El hombre que tiene amigos ha de mostrarse amigo; y amigo hay más unido que un hermano." (Proverbios 18:24)
El verdadero legado de un ser humano no se mide por la altura del pedestal en el que decida colocarse, ni por las influencias que logre manipular en vida. Se mide por la profundidad de la huella que deja en el corazón de los demás. La arrogancia se extingue con el cargo o el último aliento, pero el buen trato, la humildad y la siembra de amor permanecen intactos en la memoria colectiva de los pueblos. Que el ejemplo de nobleza de nuestro amigo y cultor guariqueño nos sirva de brújula para entender que la vida es demasiado corta para vivirla desde la soberbia, entonces seamos como "El Pollo"
