El peso de la conciencia Vs. el peso de los pasos
Por: Deisy Viana
Hay sombras en las aceras que la prisa cotidiana insiste en borrar. Pasamos a su lado con el paso apresurado, absortos en nuestras propias urgencias, sin reparar en que allí —entre la marea humana— caminan gigantes invisibles. Son hombres y mujeres de la tercera edad que, aun con el cuerpo desgastado y las dificultades motoras a cuesta, se levantan cada mañana a ponerle el rostro a la vida. A desafiar el cansancio, el dolor físico y, lo que es peor, el vacío helado del desprecio.
Durante años, desde la trinchera del trabajo social, he visto repetirse esta misma escena. Detrás de una sonrisa cansada o de una mirada fija en el pavimento, se esconden historias que pocosn se detienen a escuchar. ¿Cuántas personas cruzamos a diario que solo necesitan una palabra de aliento, un gesto sencillo o un abrazo para recobrar fuerzas y seguir caminando?
Me ocurrió esta misma semana. Hay un abuelo a quien frecuentemente le compro ajos y ajíes. Siempre estuvo allí, pero fue hace unos días cuando me detuve verdaderamente a mirar sus ojos: cargaban una tristeza añeja, desapercibida para la multitud. Decidí hablarle. Escuché su nombre, su origen y fragmentos de una vida sostenida con la dignidad del trabajo honrado. Impulsada por la empatía, grabé un pequeño video promocionando su mercancía y lo publiqué en redes sociales.
Lo que sucedió después fue un destello de luz. El video se volvió viral. A los pocos días, con una confianza renovada y entre lágrimas, el señor me agradeció porque sus ventas habían mejorado. Pero también me abrió el corazón: me habló de su angustia por no contar con una ayuda técnica para desplazarse y del trago amargo que vivía a diario frente a la crueldad de algunos transportistas, quienes se negaban a subirlo a las unidades por la lentitud de sus pasos.
Gracias al eco del video, la respuesta no tardó. Instituciones y ciudadanos sensibles se movilizaron, canalizaron su ayuda técnica y cambiaron el rumbo de sus días. Sin embargo, junto a esa ola solidaria, emergieron también los comentarios ácidos. Los juicios de "los mediocres" que no mueven un dedo por el prójimo, pero se otorgan el derecho de criticar al que, con lo poco que tiene, decide actuar. Personas sumidas en una mala vibra que prefieren etiquetar, politizar y señalar lo que está mal, antes que aportar una sola gota de alivio.
Como este abuelo, existen miles. Adultos mayores que sufren la indiferencia en el transporte público, sin familia, que con sus aflicciones trabajan por necesidad y para sentirse útiles, necesitados de una escucha o de un abrazo que los devuelva a la vida. Ciertamente, las condiciones materiales básicas son indispensables para su bienestar, eso es una realidad innegable, pero hoy urge algo más profundo: la vocación de servicio, el amor al prójimo en su estado más puro. Si cada uno de nosotros se preocupara por hacer un favor diario, transformaríamos el tejido social. Necesitamos más aliados dispuestos a ayudar y menos espectadores dedicados a juzgar, a generar conflictos, que ni hacen ni dejan hacer.
No hay mayor satisfacción para el alma humana que lograr que alguien, en medio de su fragilidad, pueda decir con una sonrisa: ¡Ya no me siento invisible; por fin me siento tomado en cuenta!. Entonces me pregunto ¿Es que antes del video publicado este abuelo no existía para quienes podían ayudarle? ¿Nadie había notado su necesidad? Escrito está: No te niegues a hacer el bien a quien lo necesita, cuando esté en tus manos el hacerlo" . (Pr 3:27), entonces, sumemos voluntades para que los pasos de los abuelos no pesen tanto, es un asunto de conciencia.
