Conocí a Gabriela una tarde de verano, de esos que te calientan los sesos y hasta las suelas de los zapatos. Pero lo determinante era su forma de ser tan agradable y hacer el bien al prójimo.
De una vez pensé que era una mujer muy buena, íntegra, trabajadora y que se ganan las cosas por sus propios medios. Mujer que le ha tocado duro en la vida, como otras tantas.

Luego de tanto tiempo conociéndola, se le fue cayendo la careta. Arpía, aprovechadora y egoísta, fui notando que sus objetivos iban enfocados en su bienestar y que poco le importaba el resto, quería ser la primera en todo, pasando por encima de quien sea, todo esto bajo la máscara de mosquita muerta.

Seguro tú has conocido alguna Gabriela, o Gabriel. Y en este mundo tan del empaque, en realidad hay muchísimos que salen de casa con una máscara. El político mentiroso, que hace creer que todo el mundo le cae bien, el pastor odioso que tiene pinta de carismático, el cura cruel que se la da de humanitario. La devota malvada que se da golpes de pecho en el templo, la secretaria amargada que le toca sonreír, el corredor de seguro antipático que parece amable, el artista tacaño que se muestra generoso.

La chica ligera que quiere encajar en el grupo de las populares, el hombre machista que quiere mostrarse rudo. La arribista que quiere hacer creer que es una buena mujer, o el tipo calculador que aparenta ser buen hombre. El que se la da de buena gente, como el caso de Gabriela.

Algunos tendrán lo suyo, valores arraigados y corazón humilde, altruista. Pero otros muchos son solo una careta. Lo malo es que se la ponen tanto que ya luego no saben cómo quitársela. Y entonces no sabes quién es quién. El punto es que las máscaras tienen fecha de vencimiento.

Conocer a alguien no es como pelar mandarina, porque jamás terminas de saber qué es capaz de hacer. Pero los que fingen lo que no son, algo ocultan. Temores, miedos, baja autoestima y con ello la creencia de que siendo lo que son, no encajarían en algún contexto.

La falsedad e hipocresía están a la orden del día, por las redes sociales, por ejemplo, abundan las caretas, las máscaras, los filtros, y no precisamente porque estemos en carnaval. Es algo como un chip que cambiamos cada mañana antes de salir de casa, porque nos ha costado últimamente ser auténticos, y en cambio tomamos una personalidad que oculta nuestras debilidades.

A veces es que nos aterra ver lo que somos y se nos hace más fácil escondernos detrás de un antifaz. Engañamos a otros y por supuesto a nosotros mismos, sin tomar en cuenta que en algún momento se verán las costuras.

Pero dicen que nuestro verdadero yo, aflora cuando estamos solos. Cuando nadie te está viendo eres tú sin máscaras, a menos que sin contemplación te engañes a ti mismo.

También sucede cuando nos pasamos de tragos, o dijera un estimado: “en situaciones de crisis, cuando se sale lo tierrúo”.

Keimary Ruiz H./@keiruizh