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¿Tienes miedo o el miedo te tiene a ti?

Por: Deisy Viana

Me despierto con el canto de los gallos y el zumbido de un ventilador que apenas sobrevive al calor. Afuera, el sol ya empieza a calentar los techos de zinc, y adentro, el café hierve con ese aroma que parece prometer que todo estará bien. Pero no siempre lo está. No cuando el miedo se sienta a desayunar contigo.

Pienso en mi amigo Luis. Ingeniero brillante, con ideas que podrían revolucionar el mercado local. Tiene un plan de negocio que ha afinado durante años, pero no lo ejecuta. “¿Y si no funciona?”, me dice. “¿Y si me endeudo y no puedo pagar? ¿Y si me va bien y no sé manejarlo?”. Su miedo no es solo al fracaso. También teme al éxito. A lo que podría pasar si se atreve a brillar.

Ana, por su parte, hornea los mejores postres del barrio. Sueña con abrir su propia pastelería, pero cada vez que está a punto de dar el paso, se detiene. “¿Y si me roban? ¿Y si no vendo nada? ¿Y si me critican?”. Vive atrapada en un “y si” que nunca llega, pero que pesa como si ya hubiera pasado.

Esteban, un padre amoroso, se niega a inscribir a su hijo en la universidad. “No quiero que se me pierda. Allá hay gente de toda clase, hasta delincuentes debe haber. Mejor que se quede aquí, seguro”. Pero su hijo sueña con ser médico y su papá ha creado una realidad de riesgos en su mente que no existe ¿Qué es más peligroso: el riesgo de salir o el riesgo de quedarse?

Y David… David es un genio. El mejor en su área. Pero se esconde. No publica, no se postula, no se expone. “No quiero parecer arrogante”, dice. “No quiero que piensen que me creo más que los demás”. Ha confundido la excelencia con jactancia, y la humildad con invisibilidad.

Todos ellos tienen algo en común: el miedo. No el miedo sano que nos protege del peligro real, sino ese otro, el que se disfraza de prudencia, de sensatez, de espiritualidad incluso. Ese miedo que paraliza, que susurra al oído que no somos dignos, que no merecemos avanzar, que algo malo pasará si nos atrevemos a soñar, que no es el momento.

Y mientras tanto, la vida pasa. Las oportunidades se enfrían como el café olvidado. El país, ya golpeado por tantas crisis, pierde también el talento de su gente. Porque cuando el miedo gana, no solo se detiene una persona: se detiene una familia, una comunidad, una nación entera.

Pero he visto lo contrario también. He visto a quienes, temblando, dan el paso. A quienes emprenden con lo que tienen, a quienes inscriben a sus hijos con fe, a quienes se permiten brillar sin culpa. Y cuando lo hacen, algo se enciende. No solo en ellos, sino en todos los que los rodean. Porque el valor también es contagioso.

Hoy, mientras escribo estas líneas, me repito algo que leí hace tiempo y que me acompaña como un faro en medio de la niebla:

“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.”  —2 Timoteo 1:7

Y pienso que tal vez el primer paso para vencer el miedo no es dejar de sentirlo, sino dejar de obedecerlo. Porque el miedo puede tocar la puerta, pero no tiene por qué decidir por nosotros. El amor —por lo que somos, por lo que soñamos, por los que amamos— debe ser más fuerte.


Hoy, quizás, es el día de empezar.

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