Respiración en dos tiempos
Oscar González Ortiz
En la inmensidad de la región llanera, donde el horizonte parece no tener fin, habitan realidades que exigen miradas distintas y observen la magnitud como la profundidad del compromiso humano hacia sectores vulnerables que requieren de ecologías del cuidado para niños especiales y adultos mayores, quienes pueblan nuestras comunidades, necesitados de algo más que diagnósticos: necesitan geografía de amor que los cobije.
La cedulación se convierte en acto de reconocimiento para trazar mapas de existencia en un papel oficial; la identidad legal debe establecer procedimientos adaptados para lograr la cedulación, además de sistemas de acompañamientos técnicos para sus cuidadores, familiares y guardianes de entrega absoluta que ven sus vidas fundidas a la de sus protegidos, careciendo de relevos que les permitan el respirar necesario.
Los acompañantes, guerreros silenciosos que respiran al compás de sus hijos, merecen tregua o red que los sostenga cuando el cansancio nuble el camino. Asimismo, el ocaso de la vida presenta sus propios desafíos, así un adulto mayor de ochenta y cinco años, habitante solitario de su propia historia, no debería danzar de centro en centro buscando atención para su cuerpo cansado colmado de padencias; la burocracia no puede ser el último rostro de desatención que contemplen en los pasillos de la emergencia de un centro hospitalario.
Urge la arquitectura de atención, donde una llamada active una coreografía de auxilios como melodías de respuestas coordinadas que los reciban con dignidad. La soledad no puede ser sentencia, la memoria también se desvanece como el agua entre los dedos, el Alzheimer, batalla silenciosa que enfrenta mi madre, enseña que el olvido necesita acompañantes conscientes.
Quienes no transitan estos senderos pueden convertirse en arquitectos de humanidad, diseñando puentes para que quienes lo recorren no caigan en el abismo del desamparo; para ello, no se requiere investidura oficial para construir cotidianidad.
La gesta del cuidado es la revolución silenciosa que nos espera. Como Guaicaipuro aglutinó voluntades ante la adversidad, hoy requerimos alianzas comunitarias que articulen respuestas para niños que merecen presente y ancianos que atesoran la memoria colectiva.
La ternura será siempre el acto más subversivo, construyamos cartografías de compasión donde cada niño especial tenga lugar en un censo, cada adulto mayor su ruta de emergencia garantizada y cada cuidador su relevo anunciado. La paz que anhelamos se edifica con estos pequeños gestos de humanidad compartida, sin necesidad de firmar tratados ni ocupar curules. Respiramos por dos cuando acogemos al otro en su vulnerabilidad más absoluta.
