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Deshumanización 

Por: Deisy Viana

Vivimos tiempos difíciles. La juventud, frágil como el cristal, se enfrenta a un mundo que la expone a presiones cada vez más extremas. Los conflictos de identidad, las tensiones sociales y el ruido constante de las redes han convertido la opinión pública en un campo de batalla donde la empatía parece perder terreno.  

La irrupción de la inteligencia artificial, lejos de ser un instrumento liberador, se ha transformado en un arma de doble filo. En lugar de potenciar la creatividad y el pensamiento crítico, muchos jóvenes la utilizan como atajo para evadir el esfuerzo de aprender y reflexionar. La consecuencia es una generación que corre el riesgo de perder la chispa de la imaginación y la capacidad de construir ideas propias.  

A ello se suma la aparición de conductas que buscan escapar de la realidad. Algunos jóvenes, influenciados por corrientes que los invitan a asumirse como “otra especie”, actúan por instinto para evadir responsabilidades y evitar confrontar sus traumas. Estos fenómenos, lejos de ser aislados, se expanden y contagian, generando confusión y debilitando aún más la estructura emocional de quienes apenas comienzan a forjar su identidad.  

Pero la deshumanización no se limita a la evasión de responsabilidades. Hoy asistimos también a la normalización de conductas desviadas o violentas, que se presentan como entretenimiento, moda o incluso como formas de protesta. La violencia verbal en redes sociales, la exaltación de la agresividad en la música o en ciertos contenidos digitales, y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno son síntomas de una sociedad que corre el riesgo de perder su brújula moral. Cuando lo anormal se convierte en cotidiano, la sensibilidad se adormece y la compasión se desvanece.  

Los estudios advierten que la llamada generación Z enfrenta un descenso en los niveles de cociente intelectual. Más allá de las cifras, lo preocupante es la tendencia hacia la deshumanización: la pérdida de valores, de propósito y de la capacidad de reconocerse en el otro. Si seguimos así, ¿a dónde vamos a parar? ¿Qué será de las generaciones futuras si no recuperamos el sentido de comunidad, responsabilidad y esperanza?  

Sin embargo, no todo está perdido. La historia nos recuerda que cada crisis es también una oportunidad. La juventud, aunque frágil, posee la capacidad de reinventarse, de encontrar nuevas formas de resiliencia y de redescubrir la fuerza de la solidaridad. La clave está en educar con amor, en guiar con paciencia, establecer límites claros y en sembrar valores que trasciendan las modas pasajeras.  

La esperanza no se extingue. Está en cada maestro que inspira, en cada padre que acompaña, en cada joven que decide pensar por sí mismo y actuar con responsabilidad. Como dice la Escritura:  

 “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” (Romanos 12:2)  

Este versículo nos recuerda que la verdadera transformación no proviene de seguir las corrientes del mundo, sino de renovar la mente y el corazón. La juventud puede y debe ser protagonista de un cambio que devuelva humanidad a nuestra sociedad. El cristal puede ser frágil, pero también puede reflejar la luz más pura cuando se expone al sol de la esperanza.

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