Geografía de la soledad
Oscar González Ortiz
La fragilidad humana se manifiesta de formas imprevistas, especialmente cuando la soledad retumba en las paredes de los hogares silenciados por los años.
La tarde transcurría en sus ritmos habituales hasta que el celular resonó con el nombre del amigo a quien llamaré Oswal, quien vive en El Valle, Caracas. Su voz, generalmente serena, transportaba una urgencia contenida: un adulto mayor de ochenta y cinco años, amigo suyo a quien nombraré Puedoseryó y reside en la comunidad de Vista Alegre, Caracas, acababa de llamarlo arrastrando sílabas entre dolores.
Lo llamó expresando que vive solo, en una casa antigua, y que no podía levantarse, su cuerpo no le responde del dolor que siente. Oswal, desde su desconcierto, me llama, estando yo para el momento en el estado Guárico. Entonces comprendí la importancia de las distancias geográficas; son abismos emocionales: tres comunidades, múltiples sistemas de salud, un anciano al borde de un momento vital donde los segundos valen.
Esta realidad devela la deuda histórica de nuestras estructuras sociales, puesto que construimos ciudades de cristal, olvidando la fibra sensible del cuidado vecinal. Resulta imperativo entender la política no como un ejercicio de urnas de votación, sino como una red de auxilio inmediato donde la tecnología debe servir de puente humano. Ante la imposibilidad física de estar presente, la acción se traslada al terreno de la gestión estratégica y solidaridad organizada.
Entre reflexiones, la primera llamada debiera dirigirse al Cuadrante de Paz o servicios de emergencia local, exigiendo la activación de algún protocolo de asistencia domiciliaria, ya que los números telefónicos nunca figuran en las guías de urgencia. Llamé al centro de salud más próximo, expliqué la situación, describí la postura del cuerpo, años, soledad y la operadora, con tono mecanizado, solicitó datos que no poseía: número de cédula, síntomas, familiares, etc.
Esta experiencia evidencia la urgencia de concebir la salud como geografía afectiva, no sólo como infraestructura. Requerimos sistemas que reconozcan la fragilidad de quienes habitan la soledad; mientras tanto, ciudadanos como Oswal tejen con sus llamadas el único entramado que sostiene.
En la articulación de soluciones, el Estado no debe parecer un concepto abstracto, y el dolor del adulto mayor una realidad punzante; ayudar es hilar un manto de protección con hilos de voluntad, asegurando que nadie camine solo hacia el final de sus días. Hay que priorizar capacidad de respuestas, precisión en las direcciones y fe inquebrantable en la solidaridad con el prójimo.
