Algoritmos de exterminio… botón sin ética
Oscar González Ortiz
La historia humana narra transiciones de la época del bronce a la pólvora, registrándose en la actualidad hechos inéditos: el uso de tecnología de análisis de datos; esta metamorfosis hacia la inteligencia artificial representa un abismo ontológico sin precedentes. Resulta ingenuo pensar que la paz brota del cálculo binario cuando la arquitectura de estos sistemas se cimenta pasando por encima de soberanías, erosionando diplomacias.
En tiempos recientes, observamos cómo el análisis de datos masivos permitió la captura de un presidente en ejercicio, así como iniciar acciones bélicas entre tres naciones mientras alguien sostenía conversaciones diplomáticas y contemplábamos simulacros de negociación, evidenciando que la tecnología estaba enfocada en la anulación del adversario.
Esta nueva doctrina militar, despojada de ética, contraria al Derecho Internacional, opera bajo frialdad matemática que ignora leyes humanas. El uso de armas autónomas contra un centro escolar en Irán, donde centenares de niños perecieron por el único acto de asistir a clase un día cualquiera, origina interrogantes técnicas: ¿existe imprevisibilidad en estos sistemas?, bajo el pretexto de precisión algorítmica infalible, demuestran imprevisibilidad técnica y realidad sangrienta.
En este tablero geopolítico, la inteligencia artificial ejecuta lo que la voluntad política ordena sin máscaras, la vigilancia ya no es recurso excepcional, conforma un manto continuo sobre poblaciones enteras. Por otro lado, los campos de batalla albergan armas autónomas con capacidad de decidir trayectorias fatales; un robot puede apretar el disparador careciendo de la duda moral necesaria para preservar la vida, simplemente ejecuta la función de optimización de bajas.
En consecuencia, el Derecho Internacional se desvanece, las reglas de combate se extravían y la ética abandona la guerra. Una nación concreta demuestra desinterés absoluto por las leyes, normas o principios morales. Las decisiones sobre la vida ajena ahora transitan por instalaciones informáticas (servidores), erosionando cualquier freno humanitario. Asistimos al umbral de una carrera tecnológica sin control, donde la distopía cinematográfica de Terminator deja de ser ficción para instalarse en nuestros días. La humanidad enfrenta un espejo incómodo: el reflejo de su propia capacidad para delegar la conciencia en una máquina.
Al depositar la decisión sobre quién vive o muere a una red neuronal, el poder político se divorcia de la responsabilidad social, la paz impuesta por máquinas amenaza con transformar nuestra existencia en variable estadística descartable.
