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Espejo algorítmico, último pensamiento propio

Oscar González Ortiz

La capacidad de razonar constituirá el último refugio de soberanía humana, estaremos atravesando la era en la que el juicio individual parece diluirse en el murmullo incesante de la inteligencia artificial. En la Grecia antigua, quienes delegaban su voto a un orador, sin examinar sus argumentos, eran llamados idiotes: personas que renunciaban a su parte en los asuntos comunes… veintiún siglos después, la tecnología y plataformas digitales perfeccionan aquella renuncia. 

Los seres humanos habitamos ecosistemas diseñados para reacciones inmediatas, estamos siendo afectados en espacios donde el valor de las ideas es medido por la capacidad de generar impactos emocionales antes que por la veracidad o profundidad analítica. Las sociedades no son impactadas por malvados identificables ni corruptos detectables, las mentes de las personas corren el riesgo de transformarse en resonancia de consignas ajenas, que absorben valores y convicciones filtrados bajo la apariencia de pensamientos propios, que en realidad responden a presiones externas invisibles. 

Históricamente, figuras como Cecilio Acosta abogaban por una educación que formara ciudadanos críticos, capaces de observar la realidad con ojos propios. Pero pareciera que el mecanismo actual funcionara así: transferencia de conciencia individual al grupo a través de algoritmos que actúan como espejos magnificados.

Una opinión política llega heredada del entorno familiar, convicción religiosa repetida sin revisar fundamentos, o valores asumidos porque la comunidad lo sanciona. Vivimos en la época más documentada de la historia humana, disponemos de fuentes, datos y perspectivas que ninguna generación previa contaba; sin embargo, a mayor volumen de información, menor parece que es el pensamiento individual. 

La razón es estructural: las plataformas digitales están diseñadas para capturar atención, cada clic, minuto de permanencia, respuesta emocional generan beneficios económicos; los algoritmos aprenden con rapidez qué contenido excita, indigna o gusta, y entonces devuelven espejos magnificados de las creencias previas. Todo lo que ves, refuerza lo que ya crees, la certeza se vuelve absoluta y la pregunta desaparece. 

¿Qué diferencia existe entonces entre quien dejó de pensar en el pasado y quien no piensa hoy? Ninguna sustancialmente. Ambos entregaron el juicio a una autoridad externa: antes el orador o el dogma. Por ello, cuidar la mente es el fundamento político urgente, la humanidad no se pierde por catástrofes externas, nos perdemos cuando dejemos de distinguir entre la idea que examinaron y la idea que absorbieron. Me quedo con esta pregunta: ¿Qué creo yo y cómo sé que lo sé?

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