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Piel de zorro

Oscar González Ortiz

En el espejismo de la metamorfosis digital, evolucionan sociedades contemporáneas atravesando umbrales perceptivos individuales que desafían límites biológicos y éticos. Observamos con asombro cómo la tecnología facilita desconexiones entre el ser y su entorno tangible, permitiendo que las nuevas generaciones exploren identidades que mimetizan el reino animal.

En esta era, he de imaginarnos a un padre que va a salir para el parque y le consulta al hijo si asistirá como: niño, niña o animal. La escena, lejos de ser ficción absurda, se instala como posibilidad real en el tejido social contemporáneo. 

Una amiga estaba recientemente contándome que, en un país donde se aprecia la identificación de personas con especies animales, quien lidera ese movimiento luce una cola de zorro real y una máscara fabricada de piel auténtica. Pero, sin duda, el verdadero animal fue desvivido para arrancarle su cola y cuero. ¿Esta praxis podrá inaugurar cadenas de consecuencias insospechadas? 

Significará, por tanto, que más animalitos serán cazados para satisfacer esta moda digital; porque la identidad, en este marco, en oportunidades se construirá sobre el despojo físico de otro ser. ¿Se estará evaluando, si la venta de pieles y colas de animales se incrementa gracias a esta tendencia promovida desde las pantallas? Usar esas partes de animales asesinados les otorga, según su lógica, realismo que los aproxima al animal que los identifica, aunque el precio se sustente en el sacrificio de seres sintientes.

Históricamente, el uso de ornamentos de animales representaba poder o ritos chamánicos de conexión con la tierra; actualmente, parece responder a demandas del consumo voraz impulsado por algoritmos. Es imperativo cuestionar si estas corrientes son expresiones genuinas de libertad o constructos diseñados por corporaciones mediáticas para lucrarse mediante el sensacionalismo; la promoción de lo artificial bajo el disfraz de lo natural desvía la lucha política de los problemas materiales hacia simulacros de autorrealización. 

Surgen entonces preguntas: ¿le estarán pagando a actores para que simulen estos personajes? ¿Quién o quiénes, desde las sombras de las redes sociales y los medios de comunicación, se estarán lucrando con estos fakes? La manipulación de la conciencia, requiere de una puesta en escena. Hoy, el teatro es global y el guión, escrito por intereses invisibles, busca redefinir la esencia humana. Ante este panorama, debemos reflexionar: la libertad de ser no puede fundamentarse en el exterminio de la naturaleza ni en la impostura de unos pocos que, tras sus caretas de zorro, devoran la cordura colectiva.

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