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Nazareno en la Cotidianidad

Oscar González Ortiz

La espiritualidad contemporánea atraviesa desiertos de pantallas y acciones automatizadas, donde la fe parece reducida a las diferentes transacciones digitales de buenos deseos. Observamos con frecuencia cómo el fervor se diluye al apagar el dispositivo —mejor expresado, cuando el dispositivo no está siendo el apéndice de las manos, estando alejado de la vista— dejando un vacío en el trato hacia el prójimo y los seres humanos vulnerables.

Reflexionemos sobre la coherencia de nuestras creencias, para muchos la devoción es un traje de gala que se viste en Semana Santa o nostalgias que despiertan únicamente en Navidad. El amor al Nazareno, ese símbolo de entrega absoluta y sacrificio por la humanidad, exige presencia que trascienda los templos y calendarios litúrgicos. 

Si el Hijo de Dios caminara nuevamente por nuestras calles polvorientas, encontraría a abuelos, hijos, sobrinos, madres, tíos, obreros, trabajadores, deportistas, educadores, pescadores o campesinos que esperan milagros externos mientras ignoran el milagro de la transformación interna. La política del espíritu debe ser del servicio constante, no un evento estacional de solidaridad. Quien no cultiva el amor propio difícilmente podrá proyectar compasión genuina hacia los demás; la fe se negocia en la paciencia con el familiar enfermo y el respeto a la vida en todas sus formas, más que en el envío de imágenes piadosas por redes sociales. 

Por ejemplo, en la antesala del quirófano de un centro asistencial, la fe se bifurca. Rogamos por las manos del cirujano, atención del personal asistencial, por los respiradores que no fallen, hasta por una cobija contra el frío. Mientras la familia sortea rifas para pagar cuentas posiblemente incalculables. 

Una fugaz plegaria del Padre Nuestro, no estará de más para orar que Dios intervenga, pero más aún que el anestesiólogo acierte, luego te entregas al goteo del suero. El sueño después de la anestesia es ese pequeño salto al vacío hacia la esperanza de salir bien, ya te abandonas asumiendo tu fe que estás en mano de Dios. Al final, todo es confianza: que los médicos estén bien, que la suerte de la rifa sea justa y que Dios decida; sólo eso queda.

Ser un Nazareno en estos tiempos implica cargar la cruz de la posible verdad en un mundo de apariencias, asumiendo la responsabilidad de ser luz en las comunidades cada día del año. La historia muestra que se requiere de convicciones inquebrantables para rescatar la esencia de aquel que cargó el madero, traduciendo su mensaje en acciones y afecto real, comprendiendo que Dios habita en la coherencia de los actos y en la fuerza de una fe que no necesita de crisis para recordarse viva.

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