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Últimas cosechas ante el próximo ocaso global

Oscar González Ortiz

Desde la profundidad de los llanos en Chaguaramas y Altagracia, la juventud guariqueña contempla hoy el horizonte cargado de nubarrones ajenos. Aunque sus efectos parecieran no calar hondo en la tierra propia, los jóvenes observan el horizonte con una pregunta: qué sucedería si el estruendo lejano de las guerras actuales terminara por secar los surcos de los procesos energéticos y productivos de alimentos.

El sistema internacional, aquel que nació bajo la promesa de paz perpetua, “la Carta de las Naciones Unidas”, parece hoy un pergamino antiguo y amarillento, el entendimiento entre naciones está regresando a siglos pasados cuando la ley del más fuerte imponía tributos a los pueblos vencidos; hoy, los aranceles dibujan el mismo gesto de dominio y bloqueos que asfixian soberanías. 

El ordenamiento jurídico internacional como que quedó reducido a leves recuerdos, aquellos acuerdos forjados tras la última gran confrontación mundial se tornaron frágiles piezas de museo. Los líderes contemporáneos no conceden mirada a los horrores de la guerra, ni miden las consecuencias que siembran. 

¿Estaremos avanzando hacia un colapso energético o hacia la definición abrupta de bombas nucleares, sombra constante de amenazas? Varios países ya sienten el déficit de combustible y sus costos elevados; por ello, también ¿la producción de alimentos comenzará a sentirse? ¿Estarán verificando la llegada de fertilizantes a las zonas de siembra del hemisferio norte, cuando los ciclos de cereales están por iniciarse? ¿Se mantendrán los porcentajes requeridos para su producción o dejarán de estar disponibles? Estas preguntas nos advierten que de esas logísticas dependerá el plato de comida en muchas mesas del continente.

Los inventarios de alimentos para finales de año y el venidero se tornan una incógnita. De igual forma, el alza del diésel encarecerá cada proceso productivo, actuará como veneno silencioso que inflará costos y paralizará tractores, poniendo en riesgo la seguridad alimentaria de muchas familias; la inflación golpeará con crudeza los mercados. 

Mientras algunas potencias miran hacia la luna con planes de colonización espacial, como buscando salidas de emergencia a un mundo incendiado, debemos clavar los pies en el suelo; la verdadera resistencia política residirá en las semillas. Producir alimentos será el acto de rebeldía más sagrado ante sistemas que prefieren invertir en portaaviones y misiles que en arados. La juventud tendrá la misión histórica de transformar el campo en el último refugio de cordura y vida

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