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Coincidencia o existe mano oculta

Por: Oscar González Ortiz


Parece especulación, pero la interrogante flota en el aire caribeño como brisa salada y espesa; durante el bloqueo naval, la historia registró despliegue de imponentes cascos de guerra, pero poco expresó de la silenciosa presencia de embarcaciones científicas surcando aguas del Caribe, acción que despierta legítimas sospechas sobre el alcance de las misiones. 

En la actualidad, el debate global supera la ficción para adentrarse en la inquietante categoría de “guerra climática”, término geopolítico acuñado en el conflicto del Medio Oriente que puede sacudir la tranquilidad de los países. Aquellos buques, cargados de antenas y generadores de ondas ¿podrían haber dejado la llave maestra para desatar la furia de la tierra?

Las Naciones Unidas (ONU), con su prosa jurídica, prohíben la modificación climática como arma de guerra, lo cual confirma la existencia real de tecnologías capaces de alterar la atmósfera, pero la letra de los tratados nunca detiene la ambición de imperios. En el fragor de las redes sociales, mitos o realidades crecen como algas en mares tormentosos, acusan a programas científicos de ser padres ocultos de huracanes y terremotos, ya con la etiqueta de “guerra climática”, que enciende mechas de dudas cósmicas.

Si la tecnología permite arrancar el trueno del Olimpo, entonces el caos se convierte en instrumento geopolítico. Provocar desastres incalculables equivaldría a firmar la autorización tácita para que organismos internacionales desembarquen, con botas y expedientes, en el corazón de la patria herida. La casualidad se viste de uniforme cuando, días antes del suceso telúrico, se realizó simulacro aéreo y de evacuación médica en una sede diplomática caraqueña. ¿Constituirá esta acción una alerta silenciosa de un acontecimiento planificado?

¿Acaso las alertas se escriben con antelación en manuales del protocolo? Nunca antes estos ejercicios habían manchado el cielo de la capital. La predicción sísmica, que antes era un imposible científico, ahora notificaciones aparecen en las pantallas de teléfonos celulares, como si la tierra aprendió a chatear con sus habitantes. 

El fenómeno del “doblete sísmico”, esa fractura gemela que sacudió dos veces en segundos, irrumpió en la geología como latido doble, desafiando estadísticas. La fecha del suceso se viste de liturgia y banderas, día de celebración religiosa y conmemoración patria, cuando el júbilo se tiñó de pánico. 

¿Será coincidencia o existe una mano oculta que elige el calendario para sembrar terror? La respuesta no habita en la simpleza de un sí o un no, exige inmersión profunda en los archivos del viento, en las ondas sísmicas y en los códigos diplomáticos. El pueblo, testigo mudo de estos estremecimientos, necesita más que conspiraciones; requiere la verdad que se esconde detrás del próximo latido de la tierra.

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