El mundo entre escombros y pantallas |
Por: Deisy Viana
Abrir la pantalla del teléfono en estos últimos tres meses se ha convertido en una incursión involuntaria al cine de catástrofes. Lo que hace apenas unos años catalogábamos como ciencia ficción hollywoodense —un guión exagerado para llenar salas de cine— hoy se despliega ante nuestras miradas con una crueldad estremecedora. Seis grandes terremotos sacudiendo los cimientos de la corteza terrestre en un solo trimestre, las feroces riadas devastando comunidades enteras en Nepal y el Tíbet, inundaciones torrenciales tragándose ciudades en Asia, ciclones destructivos y el aliento abrasador de un "Súper Niño" impaciente. La naturaleza no está negociando; parece estar cobrando, sin misericordia, una factura acumulada por décadas de indolencia.
Lo verdaderamente dramático de esta pesadilla global no es solo el crujido de las placas tectónicas o la furia impredecible del agua, sino la aterradora paradoja de la humanidad contemporánea. En la era de la hiperconectividad, con la tecnología más avanzada de la historia y comunicaciones en tiempo real, presenciamos una anestesia moral escalofriante. Mientras en una esquina del mapa miles de seres humanos escarban con las manos entre las ruinas buscando a sus hijos o cuentan los cuerpos de sus seres queridos, en la otra mitad del espectro digital millones navegan distraídos, buscando 'likes', cosechando atención barata y consumiendo memes vacíos. La tragedia ajena se ha vuelto un video más en la fila de la reproducción automática, una escena lejana a la que se le da un toque con el pulgar antes de pasar al siguiente chiste viral.
Tal vez tú que lees esto no seas solo un espectador; quizás fuiste el protagonista aterrorizado de una de estas escenas de angustia en medio de la sacudida. Para no ser devorados por la apatía, la orientación inmediata exige transitar de la contemplación pasiva a la acción consciente: cultivar una empatía real que trascienda la pantalla, educarnos en gestión de riesgos familiares, apoyar activamente a las comunidades vulnerables y, sobre todo, recuperar la capacidad humana de dolernos con el sufrimiento del vecino.
Desde la perspectiva bíblica, estas sacudidas no son eventos azarosos ni simples grietas en el terreno; son recordatorios tajantes de la fragilidad humana y alertas que llaman a la sobriedad espiritual. Las Sagradas Escrituras nos enseñan que Jesús advirtió sobre éstas señales con precisión y sobre estos tiempos agitados, no para infundir un terror paralizante, sino para sacudir la complacencia y hacernos volver la mirada hacia lo verdaderamente trascendente.
"Y habrá grandes terremotos, y en diferentes lugares hambres y pestilencias; y habrá terror y grandes señales del cielo."
— Lucas 21:11
Este pasaje no busca sentenciarnos al pánico, sino actuar como un reloj de alarma en medio de la noche. Frente a la solidez aparente de un mundo material que se derrumba en cuestión de segundos, la palabra divina nos recuerda que las estructuras terrenales y el ruido digital son fugaces, pero la compasión, el amor al prójimo y la fe permanecen inamovibles. Que cada evento de la naturaleza nos sirva para despertar el corazón y reordenar las prioridades antes de que el silencio sea el único espectador, son las señales de los últimos tiempos.
