Microcosmos en Epicteto: Espejo de escasez participativa |
Por: Oscar González Ortiz
La palabra condominio sugiere, en su raíz etimológica, dominio compartido, ejercicio colectivo de soberanía sobre un territorio común; suena a menudo como artificio administrativo, estructura de poder diminuta que replica, en su esencia, grandes dilemas. En el trasfondo de los pasillos residenciales, este concepto muta hacia un fenómeno político fascinante: la delegación automática de súper poderes a una minoría audaz.
Multitud de la escasez —aquella masa de ciudadanos caracterizada por el ausentismo y escasez de compromiso— otorga legitimidad mediante el silencio. Como en las antiguas asambleas atenienses donde la abstención terminaba por ceder la batuta a demagogos de turno, la apatía comunitaria entrega la llave del destino propio a pocos entusiastas. Asignando a varias personas la capacidad de decidir sobre el destino del espacio compartido implica otorgarles, en efecto, un microcosmos de soberanía; sin embargo, esa soberanía suele ejercerse en nebulosas de desconocimientos, donde la mayoría silente delega su voz en la minoría que, paradójicamente, emerge de sombras del propio desinterés.
La memoria comunitaria se desvanece ante rostros desconocidos de quienes habitan al lado desde hace décadas; primera vez que se ven, es curioso que, en el fragor de la elección se evidencia que la comunidad se construye en el instante crítico de la decisión. Las candidaturas surgen entonces como figuras etéreas, sin origen claro ni historial de servicio que las respalde. La campaña se asemeja a un proceso electoral nacional, pero carece de los filtros de la exposición pública; el elegido, por minoría activa, carga el estigma de ser el mal menor o, peor aún, el relevo de una gestión que se juzga sin haberse conocido. Los lamentos sobre la nueva junta florecen antes de que ésta tome posesión —éstos son peores que los anteriores—, y la pregunta que flota en el aire es tan antigua como la política misma: ¿quién les otorgó ese poder, si apenas unos cuantos depositaron su confianza?
La crítica se vuelve entonces eco estéril, porque quienes la emiten suelen estar ausentes del proceso. Esta paradoja exige cuestionar el aprendizaje social del habitar en comunidades, la civilidad no constituye asignatura académica, representa un hábito cívico construido día a día en los espacios compartidos. Vivir bajo la modalidad de propiedad horizontal implica entender que la apatía es forma indirecta de decisión; la mayoría al abstenerse, valida tácitamente cualquier resultado.
Este ciclo no es fortuito; se alimenta de una educación cívica que nunca incluyó en sus currículos el arte de convivir en espacios verticales y delimitados, donde el ascensor y el jardín son territorios de negociación constante. Aprender a vivir en condominio no es una lección que se adquiere en las aulas, está en la práctica dolorosa del ensayo y error, donde cada periodo de gestión parece experimento cíclico que reinicia la desconfianza.
Utilizar el dinero de los otros, sin rendir cuentas claras, es práctica que se normaliza bajo la apariencia de necesidad, y el vecino, al enterarse, puede constatar que su aporte se esfumó en decisiones que no comprendió. La reflexión final nos confronta con un espejo incómodo: vivir en comunidad es aceptar la fragilidad de nuestros consensos, es reconocer que la participación no es don innato, constituye un músculo que se atrofia con la comodidad de la queja estéril. La escasez de recursos y voluntad para habitar el espacio público, ayuda a olvidar que la reunión de condominio es foro de encuentro. Mientras no asumamos que el poder compartido exige vigilancia activa y compromiso cotidiano, seguiremos siendo espectadores de nuestro propio destino, entregando las llaves de nuestra convivencia a manos que apenas conocemos, en ciclos que parecen no tener fin porque, en el fondo, aún no hemos aprendido a ser verdaderamente vecinos.
