Economía de guerra o resistencia
Oscar González Ortiz
La historia económica de la República Bolivariana de Venezuela se edificó sobre el vigor de sus suelos. Durante siglos, la nación fue agroexportadora, donde el café, cacao (reconocido como el mejor del mundo por su genética) y tabaco dibujaron geografías de progreso en el paisaje rural; la tierra constituía el núcleo de producción, organizando la vida social y productiva en torno a los ciclos de tales productos.
Ese modelo encontró punto de inflexión con el advenimiento del petróleo, que sepultó bajo sus rentas la vocación agrícola. La célebre frase “sembrar el petróleo” nació como ideal de transformación, mas la bonanza hidrocarburífera desdibujó el mandato de diversificar la economía.
Hoy, ante escenarios de asedio financiero, enfrentando restricciones económicas internacionales, bloqueos: petroleros, económicos y navales, más la drástica caída de los ingresos petroleros, con presencia de sanciones y despojos de varios activos, sin créditos y pocos inversionistas, el gasoil dificultosamente fluyendo en los campos y en oportunidades con alto costo adquirirlo más las condiciones meteorológicas que en oportunidades no ayudan, se plantea la siguiente interrogante: ¿La exportación de alimentos podrá ser fuente de producción de divisas?
La defensa integral demostró la fuerza de la unidad nacional; por consiguiente, ese mismo espíritu colectivo podrá canalizarse ahora hacia la movilización productiva dando seguridad y protección a la producción, financiamientos e inversión.
¿Puede la agricultura sustituir al petróleo? A corto plazo, es difícil que iguale los volúmenes de ingresos que generaba el crudo en su mejor momento. Sin embargo, la agricultura tiene algo que el petróleo no: capilaridad social; el ingreso petrolero se concentra, el ingreso agrícola se distribuye en el pueblo, dinamiza el comercio local garantizando la seguridad alimentaria. Las actuales circunstancias, pese a su crudeza, ofrecen oportunidad histórica para reconectar con el origen. Una planificación meticulosa, sumada a la voluntad de resistir, puede impulsarnos a una agricultura reinventada; se requiere implementar estrategias de bajos costos, aprovechar saberes e incorporar tecnología accesible para maximizar la eficiencia. Este ejercicio exploratorio es un salto hacia adelante. La tierra, factor económico por excelencia en el pasado, emerge ahora como la base para la nueva independencia; su cultivo se transforma en acto político, en la práctica concreta de construir un modelo post-petrolero desde el ingenio y el esfuerzo colectivos.
