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Fuerza sobre la razón

Oscar González Ortiz

La historia en los últimos años registra momentos cuando venezolanos nacidos en estas tierras de libertad, clamaron intervenciones extranjeras en su patria. Este fenómeno complejo surge de fracturas existenciales, desconexión entre el ciudadano y la memoria de un pueblo que no se borra con decretos. 

El peso de la dignidad hacia la tierra que los vio nacer constituye un vínculo sagrado, fibra invisible que amalgama identidad con el polvo de ancestros. Resulta enigmático comprender la psique de aquellos que, distanciados por fronteras físicas, claman intervención de fuerza militar sobre su propio hogar. La historia enseña, mediante crónicas de civilizaciones extintas, que el tutelaje extranjero jamás ha sido sinónimo de libertad, más cuando es cadena barnizada de falsa benevolencia.

Cuando una nación entrega las llaves de sus recursos naturales, como el petróleo, para que manos foráneas decidan el destino financiero, renuncia a su esencia misma, convirtiéndose en simple peón de tableros imperiales. El resonar de los bombardeos y sobrevuelos amenazantes de las aeronaves de guerra dejaron cicatrices que trascendieron lo físico, instalándose en el alma como trauma. 

La soberanía no es concepto abstracto de libros jurídicos, es la capacidad real de garantizar el sustento de la cría de animales y acceso a las proteínas para cada familia. Quien invoca el asedio contra su propia casa ignora que, en el ajedrez del poder mundial, los invitados de fuerza suelen quedarse como dueños perpetuos. La política nace del amor al terruño y defensa de la autodeterminación frente a cualquier amenaza externa. 

Mientras los focos informativos apuntan a las tensiones geopolíticas, el frente más sigiloso avanza: el del dominio a través del dólar estadounidense que opera como arma de precisión convirtiendo la economía en campo de batalla. Esta arma estrangula la posibilidad de subsistencia, amenazando la producción pecuaria y, por consiguiente, el acceso a proteínas para la población. 

El drama se desarrolla en dos escenarios: la mente, atormentada por el ruido de guerra; y el bolsillo, devastado por la guerra económica. La sumisión política genera primero miedo, después hambre. La independencia se trueca por una dependencia absoluta, donde hasta el plato diario depende de la voluntad y los intereses del poder extranjero que ahora dicta los términos de la existencia nacional.


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