Abriles soberanos y treinta monedas de plata
Oscar González Ortiz
La memoria colectiva de la República Bolivariana de Venezuela palpita con fuerza inusitada durante estos días, cuando el calendario se transforma en manifiesto de resistencia y dignidad. Este mes de Abril celebramos con mucha fe el transcurrir de los días de Semana Santa vistiéndose de memorias y jornadas patrias el almanaque.
Reflexionamos sobre cómo la historia entrelaza nuestra cotidianidad. Mientras algunos buscan beneficio personal, el pueblo llano edifica esperanza en la lealtad absoluta a sus raíces. A la vez que algunos recorren calles con la devoción de los días de la Semana Mayor, otros continúan contando treinta monedas de plata, reviviendo a Judas Iscariote en cada negocio oscuro y en toda lealtad vendida.
¿Recuerdas quién fue el hombre que, regresando del campo, cargó el madero de Jesús hacia el Gólgota? Junto a Cristo, la tradición identifica a dos crucificados, el “Buen ladrón” quien halló redención en sus últimos suspiros, mientras que el otro crucificado mantuvo su actitud desafiante. Estos nombres simbolizan compasión y contrastes del calvario. ¿Cuáles eran sus nombres?
Sin embargo, lo más motivante que me sucedió esta semana fue escuchar a un adulto mayor en la plaza Bolívar de San Juan de los Morros evocar la proclamación de la Independencia de Venezuela, las batallas de San Félix, Queseras del Medio y Bomboná. Luego habló de los derechos del niño y Día de la Milicia, para evocar que todo once tiene su trece.
En 1970, desde el espacio, una voz dijo: “Houston, tenemos un problema”; hoy, desde la tierra venezolana, digo: “Venezuela, tenemos un problema”… el Presidente constitucional continúa secuestrado por intereses ajenos al bienestar común y el pueblo, aquel que una vez supo responder, está a la espera de justicia del otro país.
Regreso al 19 de Abril de 1810, el pueblo congregado en la plaza respondió a Emparan con un rotundo “¡No lo queremos!”. Ante ese clamor, el Capitán General pronunció: “Tampoco quiero mando”, y renunció. Aquel día se acabó el dominio español en Caracas, no con un ejército propio ni extranjero, sino con la voluntad ciudadana.
Lo más hermoso de esta Semana Santa fue constatar la madurez política de una sociedad que no se quiebra, abraza los derechos del niño como un tesoro preciado y entiende que cada batalla, desde Bomboná hasta el presente, son peldaños hacia la emancipación.
Hoy, las monedas siguen brillando en manos de quienes traicionan, pero el ejemplo de aquella plaza sigue vigente: cuando el pueblo habla, los opresores tiemblan. Este mes nos recuerda que la fe no sólo se lleva en procesiones, también acompaña la exigencia de libertad y soberanía.
