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Paz, paz y más paz… no división del pueblo

Oscar González Ortiz

La historia de la República Bolivariana de Venezuela se escribe con tinta de determinación, especialmente cuando vientos externos pretenden apagar el fuego de la identidad. Resulta importante reconocer que el tránsito hacia la estabilidad requiere compromisos genuinos con la unidad nacional, dejando atrás las voces que, desde latitudes remotas, pretenden socavar el espíritu del gentilicio con discursos cargados de discriminación incomprensible.

 Estas narrativas despectivas, son provenientes a veces de quienes comparten nuestra propia raíz, alimentando fragmentaciones que benefician a intereses ajenos al bienestar colectivo; es momento de trascender posiciones extremas para encontrarnos en un centro vital donde la reconstrucción del país sea el objetivo supremo de cada habitante.

En las calles de Caracas, Maracaibo, Táchira, Monagas, Bolívar o cualquier pueblo de los estados llaneros, la paz no es susurro, es la urgencia cotidiana; transitarla exige desaprender fracturas. Expresar discursos que denigran a los venezolanos desde otras geografías es la práctica que siembra cizaña ignorando el principio fundamental: la unidad nacional se edifica con empatía, nunca con el desprecio de quien parte. 

En primer lugar, cabe preguntarnos por qué se persiste en posiciones extremas, urge avanzar hacia acuerdos de encuentros que permitan reconstruir el país entre todas las manos y mentes disponibles. La persistencia de decretos que nos califican como amenaza inusual y extraordinaria representa una contradicción frente a la realidad del pueblo que anhela paz.

¿Hasta cuándo bloqueos y sanciones? Éstos se mantienen como soga al cuello del ciudadano común. Observamos flexibilización selectiva de sanciones, diseñada curiosamente para favorecer la operatividad de corporaciones energéticas foráneas; el pueblo sigue enfrentando las restricciones del bloqueo que asfixia el desarrollo cotidiano, sigue con los brazos torcidos. Esta dinámica revela la geopolítica del interés sobre la humanidad, donde el derecho a la soberanía se convierte en el pretexto para ejercer presiones económicas desproporcionadas.

La conciencia popular maduró para entender que la violencia no es la ruta, el conflicto fratricida es un abismo que ya vivimos de cerca y al cual nos negamos a retornar. Vivir en paz implica exigir, con una sola voz, el cese definitivo de las medidas coercitivas que nos mantienen en economía de resistencia similar a un estado de guerra. 

No regresemos a la violencia, queremos paz. Necesitamos paz, exijamos el cese inmediato de todo bloqueo. La memoria histórica muestra que mientras nos mantengan sin economía, salud, educación rotos por dentro será complejo lograr levantar vuelo. Por eso, el camino consiste en reconocernos, eliminar sanciones, bloqueos, medidas coercitivas y vivir en paz “unidos”, aunque duela.

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