Se fue la luz... ¡Otra vez!
Por: Deisy Viana
Escribo este artículo subversivo a la luz de una vela sabiendo que la iluminación natural o artificial adecuada favorece la actividad neuronal, la concentración y la capacidad de análisis, ocurre lo contrario en la penumbra. Como trabajadora social de profesión, he aprendido a leer los síntomas de una comunidad no solo en sus palabras, sino en la atmósfera que respira. Y hoy, la atmósfera es densa y pesada como el aire estancado antes de una tormenta. Los informes oficiales sobre los cortes de electricidad —esos que hablan de 4 horas iniciales que luego mutaron a bloques de 8 y hoy superan las 18 y hasta 20 horas de oscuridad— no alcanzan a describir el costo humano real. Para nosotros, la "penumbra cotidiana" no es una metáfora literaria, es el diagnósitco de una sociedad que está siendo llevada a sus límites y de un sistema eléctrico caótico a punto del colapso total.
La imagen que me encuentro al visitar los hogares es, con alarmante frecuencia, una réplica de la penumbra: una mesa, una vela, y rostros que reflejan un agotamiento que va más allá de lo físico. Es un cansancio existencial. Mi labor es tratar de reconstruir el tejido social, pero, ¿cómo se cose algo en la oscuridad? El estrés crónico se ha vuelto el estado predeterminado de los padres y madres. Los veo luchando por conservar la calma mientras su mundo se paraliza. Una madre me contaba la angustia de ver cómo se dañaban los alimentos y los últimos electrodomésticos que le quedaban —ese refrigerador o ese ventilador que con tanto esfuerzo compraron— sabiendo que, en esta economía, la pérdida es irreversible. Esa impotencia se convierte en fricción dentro del hogar, deteriorando los vínculos familiares a un ritmo alarmante. El comercio se ve afectado, y el campo laboral en general incluyendo directamente en la productividad.
La crisis eléctrica ha hackeado las rutinas más básicas, y con ellas, la estabilidad emocional de los niños. Los veo con sus miradas perdidas, sentados a la luz de una vela, sin la posibilidad de jugar, de estudiar o de conectar con sus pares. La educación, ya frágil, se ha vuelto un privilegio intermitente. Sin internet y sin energía, los estudiantes quedan aislados. He tenido que atender a maestros con ojeras profundas, que tratan de enseñar sin recursos, con la angustia de ver cómo el futuro de toda una generación se queda en pausa. La penumbra cotidiana está apagando la curiosidad y la esperanza en los más vulnerables.
Y luego está el dolor invisible de la salud. Es desolador ver a personas que dependen de equipos médicos o de la refrigeración de medicamentos, atrapadas en un laberinto sin salida. La falta de energía eléctrica es, directamente, una amenaza a la vida. No estamos hablando de comodidad; estamos hablando de supervivencia. "Estamos cansados" es lo que menciona la gente —esa letanía del día a día— es el inventario de una dignidad que se desmorona, aquí y en tantos otros lugares del interior de Venezuela.
Ante esta realidad que parece sacada de un valle de sombra, la reflexión se vuelve obligada. Estamos presenciando no solo el colapso de una infraestructura, sino el desgaste sistemático del espíritu humano. La resiliencia no es un recurso infinito. Los venezolanos están siendo exigidos mucho más allá de lo que cualquier ser humano debería soportar. Mi trabajo es recordarles su fuerza y su dignidad, pero es difícil no sentir la misma impotencia cuando el sistema mismo pareciera estar diseñado para apagarnos a todos.
En estos momentos de mayor oscuridad, cuando incluso las mejores capacidades personales se ven rebasadas por la magnitud de la crisis, mis palabras de aliento suelen ser seguidas por la búsqueda silenciosa de una vela más. Al final del día, a pesar de la desesperanza y del "inventario analítico de daños", me aferro a la idea de que la conexión humana, ese acto de estar presente y escuchar, es la última luz que nadie puede cortarnos. "Aunque ande en valle de sombra... No temeré mal alguno..." es más que un versículo; se ha convertido en el clamor de supervivencia de un pueblo resilente que se niega a que le apaguen el alma y con ella la esperanza.
